Huir

Durante meses planearon hasta el más mínimo detalle. De a poquito y con mucho disimulo fueron vaciando sus cajones, almacenando la ropa en la casa de un amigo. Cuando solo les quedó el cepillo de dientes y algún peine, comenzaron su aventura. Ella salió de su casa, entre asustada y excitada por lo que iba a hacer. Caminó por la avenida hasta la parada de colectivos. Esperó 10, 15, 25 minutos. Le mandó un sms: estoy retrasada.

Él saludó a su familia. Dijo que iba para lo de A. y se fue. Nadie sospechó nada. Llegó a destino y cargó los bolsos, atiborrados de esas cosas que sabía iban a necesitar y se dispuso a esperar. Charló con el dueño de casa, revisó los mapas y trazó una breve hoja de ruta.

Timbre. Era ella. Se sentaron los tres en el comedor. A. les rogó que tuvieran cuidado, y que si pasaba algo, lo llamaran, a cualquier hora.

Se despidieron, agradecidos por el aguante de su amigo, y partieron. En el primer semáforo rojo, se agarraron de la mano y juraron permanecer juntos hasta que la aventura terminase.

Guiño a la derecha, odómetro en cero, y un viaje que comienza.

Continuará

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